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Periodista y escritor panameño. Nació en 1957. Actualmente se desempeña como Analista de Información en una entidad oficial. Ha escrito, entre otros títulos, La Resurrección, El Asesinato de Borges, La Ejecución de Judas, Los Perseguidos, La Inundación, El Sacrilegio y otros. Participa activamente en las siguientes páginas virtuales: Periodista Digital, Letralia, Palabras Diversas.
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Cuando llegó la noche sintió frío. El viento cortaba como una navaja. El gélido céfiro se colaba por la ventana como una invasión de bárbaros. Creyó escuchar el aullido de un perro en la distancia. Su ayudante se había retirado a su alcoba. Estaba solo el maestro. Pensaba en la vanidad y en la negación de los designios divinos. La luna derramaba luz blanca sobre la ciudad. Algunos viandantes tardíos recorrían las calles. En lo alto de los campanarios anidaban las lechuzas. A lo lejos el horizonte se había fundido con la oscuridad. Pensaba el maestro en las laderas desnudas del monte de Sión, en el relámpago que ilumina su cima en las noches de verano. Pensaba en las llanuras de Engadí barridas por el ventarrón de otoño, en las fuentes de Siloé a donde los enfermos acudían para beber de sus aguas. En estos recuerdos estaba sumido cuando el benévolo sueño llegó de puntillas a cubrirle con su manto. Se vio en medio de un camino solitario. Enormes árboles ceñían el sendero cubierto de hojas marchitas. Al llegar a una encrucijada, una silueta apareció de la nada. Parecía ir cubierta con un hábito oscuro. El rabino se acercó con prudencia, pero impulsado por la fuerza de la curiosidad. “Te has revelado contra la Creación. Tu soberbia no ha tenido límites y has de ser castigado. Reniega de tu magia, de tu capacidad para interpretar los misterios que la eternidad guarda en su seno”. De la dimensión onírica surgió sudoroso y con temor. ¿Qué mensaje le había sido revelado en el sueño? Era una advertencia, sin duda. ¿Por qué? Era un devoto siervo de Hashem, misericordioso y solidario con el sufrimiento de todos. Entonces, ¿Por qué esas palabras tuvieron un acento amenazador? Pasó el tiempo. El rabino continuó siendo compasivo, pío y generoso. A pesar del portento ocurrido en la corte imperial, los nobles le olvidaron y él se mantuvo en su capilla, recitando los salmos envuelto en la luz palpitante de los cirios. De pronto, un día la muerte llegó a la ciudad de la mano de la peste. Era una epidemia feroz. Las personas morían a los pocos días, destruidos por la fiebre. Muchos de los cortesanos sucumbieron ante los aires malsanos. El emperador había marchado tiempo atrás a su palacio de verano cerca del mar. Entonces, sumido en la angustia de saberse impotente, el rabino acudió al cementerio. Una vez más recurrió a los enigmáticos de la Cábala. Un remolino se levantó entre las tumbas. Entonces el maestro escuchó la voz de los muertos y comprendió que su sacrificio era la única forma de salvar a la ciudad. Pero no entendía cuál podría ser esa entrega si siempre había vivido con humildad y amor para todos. La peste se marchó. Poco a poco, la normalidad regresó a la ciudad. Muchos murieron. Cuando la calma se asentaba y parecía rendir frutos, los invasores traspasaron la frontera y atacaron. Miles de jinetes hicieron la primera embestida. Después la infantería pisoteó los jardines y quebrantó los altares. El rabino sintió ira en su corazón. Incendiada su alma por la cólera, tomó la espada y defendió el burgo. Al frente de un numeroso grupo de ciudadanos, combatió al enemigo y le hizo retroceder. Herido en el pecho por una flecha agonizó por varios días en el lecho de su habitación. El médico no alentaba esperanzas. Era un hombre fuerte, pero trabajado ya por el desaliento y la incertidumbre, parecía sucumbir a la corrosiva acción de la extinción. Fuera de la sinagoga los fieles se congregaban todos los días. Con cantos y oraciones acompañaban la agonía del maestro. Nada parecía cambiar. El cielo era el mismo de siempre. El sol y la luna ignoraban las vicisitudes de las enclenques criaturas acobardadas ahora por la casi cierta muerte del hombre de fe. Sin embargo, todo cambió. El rabino abrió los ojos y dijo algunas frases en hebreo. El médico no supo interpretar estas voces. En pocas horas, el religioso recuperó el vigor, la fuerza volvió a sus miembros y se anidó en el interior de su cuerpo para finalmente levantarse como una exhalación. Dio gracias al Creador mientras danzaban todos a su alrededor. Había vencido al enemigo invasor y derrotado a la muerte. Las fauces de la diosa de la nada se habían cerrado sin su preciosa víctima. Finalmente, el rabino volvió a sus rutinas. Una noche estaba en su habitación cuando de pronto, el ulular del viento le sobrecogió de espanto. Una figura alta y sombría apareció en la pieza. Recordó el sueño, pero esta vez estaba en vigilia, completamente despierto. El visitante le dijo. “Tu soberbia es inconmensurable. Has ignorado los designios de Dios. Tu corazón es de pedernal, tu alma una llama. Has logrado superar terribles avatares y estás todavía entre los vivos. Superaste el horror de la peste, la crueldad de la guerra, pero te irás con la delicada vibración de la belleza”. Bajo la impresión todavía vigente de la ya desvanecida presencia, el rabino sintió dudas. Aliviar el dolor, socorrer a los necesitados, amar y proteger a los humillados, ¿no era acaso este el propósito de su misión, de toda su vida? Pasaron los días. El rabino había tomado algunas precauciones. Si volvía la aparición le inquiriría sobre aquellas palabras. Por todas partes entretejió delicadas redes para atrapar al visitante. Su ansiedad era creciente por lo que decidió caminar por su jardín, único sitio donde la paz volvía a su alma. Llamaron a la puerta. Al abrirla un mendigo le extendía la mano. El rabino colocó unas monedas sobre la palma abierta. Cuando ya daba la vuelta para volver al jardín, el hombre le tomó del faldón. Al volverse, puso una flor en las manos del maestro. El religioso disfrutó la delicadeza del aroma de una enorme rosa roja. Sus efluvios eran dulces. Una gota de desconocido néctar resbaló por la roja nervadura y cayó sobre la piel desnuda de sus manos. Enseguida sintió un vértigo, sus ojos dieron vueltas, el rostro fue presa de un súbito e intenso rubor, sus manos se pusieron tiesas como ramas muertas y las piernas no lograron sostenerle más. Antes de desvanecerse, logró ver al mendigo transformarse en el personaje aparecido tiempo atrás en sus sueños. Lo último que escuchó antes de morir fue: “Tu soberbia no ha tenido límites”.
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Eran los tiempos del emperador Kart Heinz. Mediaba ya el siglo dieciocho. El mundo había cambiado desde su creación. Ahora el hombre gobernaba al margen de la religión. Dios era un nombre sagrado, pero innecesario. Los cielos habían sido escudriñados y colgadas de sus estribos, las estrellas habían dejado de ser criaturas celestiales para ser transformadas en fuentes de fuego y calor. Decíamos que eran los tiempos del emperador Henz, pero también del maestro rabino Judá ben Hillel. Hombre piadoso, varón de conocimientos, había conocido el dolor y la soledad. Perseguido por las huestes invasoras de los cristianos que habían llegado a Praga de regreso del sinuoso y misterioso oriente. Formado con los conocimientos de la Torá y la Cábala, también le había dedicado tiempo a las matemáticas, la astronomía, la historia y la geometría. No le eran ajenos otros secretos. El recorrido de los vientos, la dislocación de la tierra, el sonido de las cosas, todo esto le era familiar. Conocía la alquimia. No pocas veces el oro surgía en sus manos a partir de una densa barra de plomo. El azufre se convertía en polvo de azucenas, el azogue en bálsamo, el hierro en terciopelo. Alguna vez levantó de la fosa mortuoria a hombres heridos en batalla, a mujeres que sucumbían a los demoledores partos, a la peste y a los golpes de la fatalidad. Hizo surgir el fuego del hielo, las sombras abrieron un sendero ante su presencia, la luna se hizo trizas y cayó sobre un descampado campo mientras las nubes se convertían en rizos amarillos ensortijadas en sus dedos. Al palacio del monarca llegó la fama del rabino. Magia, prodigios, música desde el silencio, colores desde las sombras, llamaron la atención del emperador. Hizo llamar al maestro a su presencia. La noche se cernía sobre la ciudad. Vagos brillos estelares eran percibidos brevemente. En la sinagoga, el rabino recitaba los salmos. El viento mecía las cortinas con dulzura acústica. Al día siguiente había sido convocado al palacio. Al despuntar el alba, una rosada aurora teñía los cipreses y los tejados de la ciudad. El rabino caminaba entre las hileras de flores del jardín. Sus favoritas eran las rosas rojas. Regó agua sobre los pétalos mientras las corolas sonreían. Bendijo a todas las criaturas de la tierra. Los hombres, las mujeres, los animales y las plantas. Su ayudante abrió la puerta recordándole su cita con el emperador. En el palacio, los cortesanos comenzaron a agruparse en torno al gran salón. Delicados y amanerados, se ubicaron en semicírculo en torno al sillón real. Un murmullo recorrió todo el ámbito. Algunos pudieron percibir el nimbo de una cabeza leonada. Se aproximaba con su pelo revuelto, con destellos de plata y un abundante torrente de oscuridad capilar. Detrás, un séquito de imprecisas sombras se movía uniformemente. El granítico embaldosado reproducía el brillo de las majestuosas lámparas que colgaban de una bóveda de suave concavidad esmeraldina. Las cortinas se mantenían estáticas. La alfombra era una especie de reptil adormecido. El rabino entró al salón. Su humilde apariencia movió gestos en algunos rostros. Al estar en medio del salón, todas las miradas cayeron sobre el hombre. De mediana edad, sobrepasaba en estatura a todos los presentes. Su mirada era oscura, podría decirse que sombría, algo de tinieblas se asomaba en sus pupilas. Sus vestiduras eran rematadas por una capa que vio mejores tiempos, en sus manos un anillo de macizo oro lanzaba chispas. El emperador hizo señas al religioso para que se acercara y con su voz aflautada dijo: “Es fama en toda la ciudad, que conoces los misterios de la vida y de la muerte. Dicen que tu sola sombra hace reverdecer la hierba, que un pase de tus manos es causa de temblores en la tierra. ¿Acaso tu magia, tus conocimientos son capaces de devolver la vida? ¿Acaso en tus sueños logras ver el rostro de Dios?” La última palabra del rey siguió reverberando. Cada letra revoloteaba como un estornino sobre los bustos de los antiguos reyes, entre las enormes pelucas de las damiselas, entre los pedestres tumultos de la masa apelotonada. El último hálito con el que fue pronunciada rozó el rostro de una condesa indiferente y distante pintarrajeada como un arlequín maltratado por la influenza. Un rizo de su pelo cayó sobre su frente. El rabino guardó silencio. Su cerebro recuperaba pasajes de las escrituras, de la inescrutable Cábala. De pronto levantó una de sus manos, como un pájaro, como una estrella, como un relámpago. Los ojos se mantenían cerrados y en un gesto de arrebato interior dijo unas palabras apenas audibles para la masa expectante. Las repitió tres veces. Susurro, siseos. Con lentitud su brazo descendió y volvió a colgar al lado de su cuerpo. Alguien carraspeó entre los últimos del grupo. El día deslumbraba en los vitrales azules. Un montón de grajos revoloteó unos segundos ante el ventanal abierto y su sombra oscureció el rostro del monarca. “Tu hijo vivirá. Sano está en sus aposentos”, dijo el sabio y dio media vuelta. “Espera”, gritó el rey, estupefacto, tembloroso. “¿No esperarás tu recompensa”? “No tengo más recompensa que mi fe”, sentenció el rabino y se marchó dejando tras de sí el olor de las rosas que al amanecer rozó con sus dedos nudosos. Todo era algarabía en el salón real, mientras el maestro desaparecía en un ángulo del pasillo. El emperador se dejó caer sobre el trono. El estado de salud de su hijo era solo conocido por unos pocos allegados y por los médicos del palacio.
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y en un rincón del cuartel general, un hombre pequeño y rollizo, de lentes gruesos, calvo y con pelo brotando como un matorral sobre el pecho en la línea superior de su franela y erizándose en el alto pabellón de sus orejas, caminaba con las manos en los bolsillos mientras los guardias desde el piso superior traían a uno de los manifestantes, la noche los había encontrado con carteles, atomizadores, telas en blanco, palos y botellas llenas de clavos y gasolina, mientras cruzaban de manera distraída delante de una patrulla, “Ahí te traigo a este pendejo, Gordo, sácale la madre”... y el gordo se limpiaba el sudor de la frente y de los ojos, en su muñeca derecha una esclava, en la izquierda un reloj, ocho sortijas en las dos manos, la camiseta empapada, pegada al abdomen, una herida vista a través del lienzo mojado, “ah, eres uno de esos hijos de puta que rompen botellas en las calles y lanzan clavos y tachuelas que revientan las llantas de los vehículos, he tenido que reparar primero y comprar después todos los neumáticos de mi automóvil y, sabes, aquí no se gana mucho y ese dinero me pudo servir para otras cosas, por ejemplo para obsequiarle esa computadora a mi hija, ella es muy buena en esas cosas de ordenadores, ha estudiado, sabes, tiene futuro, no es de los que pierden tiempo armando barullo como haces tú y el resto de maricones que deben estar allá arriba y más abajo de nosotros, como me hacen perder el tiempo con sus mariconadas, y desde la soberbia oscuridad encharcada detrás del voluminoso cuerpo, vuela una mano como un murciélago y se lanza sobre el rostro del apresado, cae con todo el peso del cuerpo y deja la marca de los anillos sobre el rostro, sangre sobre la piel, un animal escarlata se desliza sobre los accidentes de las facciones mientras otro golpe se encaja en la boca y saltan dos dientes, otra serpiente carmesí repta por las comisuras de los labios abiertos, “es una lástima, eres un sujeto bien parecido, debiste tener éxito con las mujeres, además, eres joven y esbelto, te han pagado por esto, no me lo dirás estoy seguro, prefieres guardarte el miedo en uno de los bolsillos de esa fina camisa, Givency, Dior, tienes buen gusto, prefieres enseñarme tu rostro ensangrentado para después decir que te enfrentaste al Gordo y no le dijiste nada, no salió nada de tu boca, ni una palabra, pero no sabes de lo que el Gordo es capaz, no, no lo sabes, ah, parece un gesto de temor, sí, te ha conmovido, ja, ja, ja, ja, algo has de haber oído, cómo será, te has preguntado mientras te arrastraban hasta aquí, será cierto lo que dicen de él, tendrá las manos llenas de anillos, será capaz de romperme la crisma y desfigurarme la cara, claro, eso debes haberte preguntado, ahora estás solo conmigo y apenas has probado un poco de mi receta, te aseguro que dentro de poco te saltarán las hemorroides y las costillas te perforarán los pulmones y cada cosa blanda que palpite detrás de tu pecho, tu fina nariz no apuntará más hacia el frente, no, no la escondas, déjame verla bien, es un apéndice romano, bien delineado, será fantástico hacerte cambiar, verás las cosas de otra manera, tal vez delante de tu ojo izquierdo pronto haya una protuberancia o, arriba, los otros manifestantes detenidos eran desnudados y arrinconados por la presión del chorro de agua de una manguera, cinco hombres y dos mujeres, tumbados donde antes se había desangrado un reo apuñalado por sus compañeros ante la mirada impávida del guardia de turno, las manchas oscuras de la sangre habían dibujado un mapa de tierras desconocidas por donde viajan quienes mueren de manera violenta. El dolor es un preámbulo de la iluminación, es el camino por donde se transita hacia la exaltación de la realidad, el placer extremo termina propiciando el sufrimiento, todos los extremos se juntan en algún tramo de su recorrido y el frío tiende a quemar, el calor a enfriar, el dolor a ocasionar placer y el placer dolor, en las mazmorras de la vida el tormento es versátil, es capaz de arrancar un miembro, de derramar lágrimas, de quebrantar el silencioso callejón del alma y de esconderse en las más variadas manifestaciones de la ignorancia. En las oficinas del Comandante se imparten instrucciones. El Estado Mayor escucha las violentas diatribas del jefe. Las palabras hacen saltar chispas de las paredes. Los cuadros familiares caen por la agudeza de los sustantivos, las cortinas son mecidas por los coléricos verbos, mientras los adjetivos sacuden las puertas y se introducen entre los parietales de los uniformados. “No quiero a nadie en las calles, a partir de este momento impongo la ley marcial, métanlos presos, pateen, golpeen, arrastren, hostiguen, viertan sangre, despedacen. Quiero ver el dolor, inundar las avenidas de llanto”. No ha concluido la reverberación de la última sílaba cuando el vuelo de los uniformes surca raudo el pasillo hacia los vehículos. Las armerías abiertas han desangrado sus mercancías sobre mostradores atestados. El ruido de las botas contra el piso se confunde con el de los motores encendidos. Afuera del cuartel se abre una arteria de sombras por donde transitan ahora los soldados. Por la mañana, las cárceles estarán atestadas. El censo de los calabozos sufrirá incrementos insostenibles y los números no dirán nada del minucioso tormento ni de la dolorosa certidumbre de ver reír a la muerte. El Gordo: “Ah, esto me gusta, más ángeles, culos sensitivos y ávidos de vergajos. Eso es, vengan a mi estancia y disfruten de mi hospitalidad. Tengo para ustedes manoplas, varas, electrodos, pinzas, agujas calientes, hielo, cuerdas, cables, navajas. Es la mayor variedad del área, pueden elegir, no me dejen hacerlo porque me parece que no sería justo tanto placer en un trabajo como este, debo tener algo de dificultades, es así como se hacen las cosas”. La risa del verdugo tiene un sonido parecido al golpe de sus varas sobre la carne, seco y breve. Con la mayor tranquilidad coloca sus instrumentos de trabajo sobre la mesa. Del tejado pende una lámpara y su luz cae sobre su despoblada testa. Mira sus manos y piensa por un momento deshacerse de los anillos. “Pesan un poco mientras levanto y dejo caer la vara”, se dice cuando se acerca a uno de los detenidos, voluminoso y denso como una montaña. “Mejor no. Con esta luna asomando por la ventana me parece una escena láctea como las mejores de mi infancia”. Habla para sí. En un rincón, amontonados como objetos se encuentran sus víctimas. Ahora debe pensar en la mejor manera de tratarlos. Debe ser un ejemplo, le han dicho, algo capaz de permanecer en los cuadrantes de la memoria por el resto de la existencia. Pero yo te había mentido como lo he hecho siempre. Te había ocultado mis intenciones de protestar, de levantar mi voz, aunque fuera en medio de la confusión. Tal vez es por eso que no has venido a visitarme a este cautiverio donde mi memoria apenas trae tu imagen deshecha por la distancia y la ausencia, con tus ojos fijos en una mancha en el pliegue del cielo raso y la pared, en tanto llegan hasta tus manos mis cartas donde te imploro de manera humillante que intervengas ante tu padre, el Gordo, para que deje de golpearme y poder al menos mantener intacto el honor.
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Me besabas mientras las granadas se desfloraban como ruidosas flores de ira. La casa temblaba y el humo entraba por la ventana como traslúcido duende ataviado con la túnica del cataclismo; no podíamos concebir momento más propicio para el frenesí de las apetencias de la carne, finita y dolorosa, para el enardecedor encuentro de nuestras energías, del furor ensalzado por el sarcástico escenario de la nocturnidad, entre sacrílegos ruidos de explosiones, el tableteo de metrallas y el aullido de hombres y mujeres tocados por el dedo de la agonía, sumidos en desoladora amargura bajo nuestro tragaluz, mientras la luna, indiferente, lanzaba espumarajos dentro del búcaro donde habíamos sembrado las estrellas “No hagas caso, decías, son tan sólo las estridencias de la noche, el estremecimiento de las ruinas secretas donde se exilian los mendigos y los demonios, es sólo la tribulación de la niebla, es donde se esconden los secretos artilugios de una historia interminable”, Y yo, perdido entre tus mil manos, sometido por tus mil labios, bajo la penumbra de tu pelo suelto, como un lienzo dividido por trazos indefinidos, por líneas fragmentadas y formas discordantes, incapaces de establecer la profundidad de la belleza de tus gestos, de tus ojos inflamados por el deseo, desproporcionadamente abiertos como platos sobre una mesa negra en una habitación blanca, y tu respiración alterada, Los estallidos se volvieron arpegios más cercanos, eran como voces de ángeles vestidos de fatiga o de demonios extraviados en una Navidad sembrada de orugas, la nieve era lodo, el olor de los pinos había convertido en azufre el abanico de tus párpados. Las celebraciones litúrgicas de pronto fueron insustanciales y en la calidez de los hogares, las cenas fueron trastocadas en efímeros bocados suspendidos a medio camino entre el aliento y la simetría de mesas con manteles de plástico con dibujos de Santa Claus junto a unos renos moribundos, heridos por saetas de fuego y el hambre de una interminable noche de universal periplo sobre tejados y chimeneas de fríos territorios donde no crecían las palmeras ni los cedros ni anidaban los estorninos. Ya no tenían memoria, no hablaban más que para olvidar las esferas colgadas de sus ventanas y marcar sobre el polvo las huellas de sus botas, habían llegado los soldados, Por aquellos tiempos el gobierno intentaba sobrevivir, pugnaba por mantener su vigencia y con mano firme, imponer su interpretación de democracia y mantenerla en los límites de sus intereses. Los detractores enarbolaban banderolas en las aceras y los conductores sonaban sus bocinas mientras los agentes se inmiscuían entre la muchedumbre con el arma dispuesta dentro de uno de los bolsillos, preparada para la detonación y la efusión de sangre. Las libertades ciudadanas eran elementos de indudable fortaleza en los textos constitucionales y en la bibliografía de las facultades de Derecho. También la masa amorfa y emocional era conducida en los dos extremos y gritaba consignas, lanzaba piedras contra las vitrinas, destrozaba las propiedades públicas, derrumbaba estatuas, satélites y balcones, estrellas apagadas eran lanzadas plor los barrancos, los bancos de nubes eran dispersados por el furor del aliento de la ira, alguien pintarrajeaba las paredes con frases despectivas, inundaba la ciudad con el humo de llantas quemadas, con los gritos de los espectros de otras épocas, el espacio donde nuestro apartamento se levantaba sobre un universo espoleado por un descontento vibrante nos permitía vislumbrar el oro del horizonte mientras se retiraban la lluvia y el viento, “basta ya con la rapiña, “el que no brinca es sapo”, “arroz, poroto y carne, el pueblo tiene hambre”, gritaban los rostros feroces, los labios vejatorios y las palabras brotaban como escupitajos, como si las aristas de una fogata saltaran hacia los cuatro puntos. Los estandartes deshilachados y desteñidos tocaban la delicada hoja de los arbustos, rasgaban el lienzo de la tarde con brutalidad, el rumor llegaba hasta los umbrales del sol mientras los ángeles se escondían detrás de las puertas y los pájaros huían hacia la rugosidad de las tinieblas de ramales desconocidos, batían sus alas entre las espirales grises del gas lacrimógeno que se disipaba sobre restos de botellas de vinagre y pañuelos humedecidos, mientras la gendarmería sonreía al ver a los irascibles reclamantes lanzarles los más agudos denuestos y hacer los gestos más explícitos de rechazo, entonces dieron las cuatro de la tarde y el número cuatro vibró detrás de los dientes de los protestantes, se materializó en los relojes de pulsera, en los campanarios de las iglesias con sus perpetuamente inservibles mecanismos, se deslizó entre los cuerpos sudorosos y sustrajo las papeletas y los panfletos, volteó las últimas cubetas y las llantas las dejó dormir sobre el desigual pavimento, los colores del día comienzan a perder viveza, las formas se distorsionan como turbias imitaciones de la realidad, concluye la jornada y el hambre que llega, las alubias yacen en recónditos escondrijos de la memoria y de los estantes de los supermercados, el arroz se ha difuminado sobre el asfalto vaporoso, entre las rendijas oscuras del alquitrán, la vocinglería salta de lugar, se esparce por las encrucijadas, por las calles, los callejones, los laberintos citadinos, las cantinas abiertas después de la protesta, los dueños en las puertas percatándose que el peligro ha pasado y pueden encender el neón de sus anuncios y decirle a los mozos que continúen guardando las botellas de cerveza en las neveras más frías, encendiendo el traganíquel y dejando fluir la música, los compases de melodías ajenas al estrépito recién concluido al asomarse el claroscuro del crepúsculo, “puede llover en marzo”, me dijiste al amanecer, “estos días son los más calurosos, llevaremos camisetas sin mangas, beberemos una limonada en la refresquería, tal vez platiquemos del episodio de la telenovela de ayer, mientras tú vas a tus cosas, yo terminaré mis diligencias, compraré el perfume que tanto te gusta, los afeites, las prendas íntimas, ojalá no haya protestas hoy, no soporto esos gritos y esa multitud obstruyendo las calles, no llevaré paraguas, es marzo y no lloverá, pero el sol quema, hace daño, lastima mi piel, debo llevar la sombrilla, sí, tú no me querrás con una piel tan avejentada por el calor”, pero no hubo ensueños, la cama era un océano, la ventana cerrada, siluetas en los pasillos, las bordes de las estrellas golpeando en los cristales, una mano de hielo lacerando la pulcritud del vidrio,
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De niño robó ciervos en la hacienda de un hombre poderoso. Tuvo la certidumbre de que establecía un nexo sagrado con la naturaleza, cuando desposeía a quien todo lo acumulaba, en desdén de los que como él, tan sólo querían un poco de holgura en sus vidas. No conocía más que los alrededores del condado donde nació. Sus padres no cuentan en su historia posterior, tan solo como generadores de la inédita combinación de cromosomas o la incorporación de un aparato genético cuyo alfabeto vino a concretar la vida del ladrón de ciervos. Apenas se erizaban en su rostro los vellos de la barba marchó a la capital del reino a intentar alcanzar la luz que parpadeaba en su ventana todas las noches, desde el momento en que se armó con una chuza y corrió por los bosques a cazar y vio en la hondura la leve silueta de Ofelia o escuchó el desgarrador lamento de Hamlet. En ese instante algo creció en su interior. El universo hizo eclosión en su pensamiento. Podría ser suyo el orbe si dejara atrás las inútiles carreras detrás de los cervatillos. Podría aspirar a beber la ambrosía en vez de saborear la insípida carne del jabalí suspendida sobre el fuego bajo el manto de una gélida noche. Llegó hasta su destino y percibió el apenas insinuado frenesí de la gloria cuando traspasó el umbral de aquel recinto en el que se admiró de los entarimados, de los ángulos, del telón púrpura, de los efectos de la iluminación, de la amplitud de la sala en forma de concha, de las voces que llegaban a él desde las gradas, del proscenio o del tablado. Pero todavía no era su momento. Agobiado por el peso de una decisión al parecer terrible, se vio en la necesidad de buscar sustento. Las tiendas y las tabernas no le ofrecían nada, ni los establos ni los mataderos de reses. Buscó entre los panaderos algún emolumento, pero sus manos eran frágiles para el amasamiento, sus dedos eran apenas rígidas virutas amenazadas por el frío de aquel invierno. Su mano, finalmente, se tendió ante los coches, ante los carruajes de los que se apeaban gentiles hombres y damiselas escotadas, ruborosas como la aurora que sucede a la noche y el malva del cielo al atardecer. Seguía sus pasos, llevando los sombreros y las estolas, los abrigos y las capas, las espadas y los puñales. Su corazón se alborozaba, como un estanque barrido por el viento, cuando veía toda la magnificencia que le rodeaba dedicada a esas ilustres personas que atravesaban los altos umbrales y se perdían en pasillos y laberínticas instalaciones, de las que salían transformadas en reyes, reinas, príncipes, aventureros y pícaros, espectros y duendes. Por las noches, la penumbra le insinuaba formas, las cortinas se mecían como bailarines que emergían de las sombras, como fantasmas arrancados de su eternidad. Aparecían en su mente criaturas que lo angustiaban y que no existían más que en sus atribuladas celdas neuronales. Creyó que la posesión de alguna angustia secreta lo convertiría en un demente, por esto trató de agotar sus ansias en los brazos de una mujer, deshacer en ella su incomprensible sentimiento de temor. Y se casó con ella hasta que sació esos apetitos lujuriosos que le desgastaban las veladas en el altillo donde vivía; después la olvidó. Una madrugada, las pesadillas volvieron y esta vez tan fuertes y desoladoras, que miró con apetencia el cuchillo colgado en la pared de su pieza, parte de la utilería de dramas desgastados, robados a la historia y a la imaginación. Pudo ver su sangre derramada, sus ojos abiertos ante la inmensidad de la nada. Sintió el dolor de la carne abierta, el helado sabor de la agonía. Y vio quién sabe qué imágenes. Y creyó que ya no podría dominarlas. Su corazón se desmoronaba sobre el pantano de su propia concupiscencia. Las voces de las figuras clamaban por él desde un punto oscuro y distante. Voces, alaridos, sonidos de guerra y de dolor, susurros traicioneros, ulular de fantasmas, delirios, caudales, estallidos. Imaginó una solución: transformar esos espectros en criaturas reales capaces de parecerse a cualquiera, de ser interpretadas, de venir del pasado y de lejanas tierras para dar alivio a su alma, acorralada por el viento y las sombras. Desfilaron guerreros medievales, militares, reyes y reinas, bufones y mercaderes, duendes y asesinos, brujas y sacrílegos, fratricidas y adúlteras, glotones e histéricas. Toda la jauría humana brotó de su mente y se irguió en los escenarios, detrás de los cortinajes, sobre las tablas, ante la masa expectantes, hablaban, injuriaban, juraban, maldecían, gritaban, asesinaban y abjuraban. Cada uno tuvo un deseo que solicitar, una promesa que cumplir, una duda que aclarar, un espacio que ocupar, un ansia que saciar, un reino que asolar, un sentimiento que arrollar, una deuda por pagar. Y no supo lo grande que sería. Jamás se logró imaginar el tiempo que su nombre sería mencionado en el futuro donde él ya no estaría, las veces que sus páginas serían reproducidas, las innumerables apariciones de las criaturas hijas de su delirio, aparecerían ante los millones de personas que no le conocieron, pero que parecía que hubieran estado con él en aquellas tardes de teatro en la Inglaterra isabelina.
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