Hola, soy Alicia Podestá y te doy la bienvenida a mi blog. Nací en Montevideo - Uruguay, en donde vivo actualmente, y escribo desde que tengo memoria. A fines de 1979, un gran amigo publicó mis primeros poemas en una editorial colombiana; de ahí en adelante he publicado relatos y poemas en editoriales de Argentina y Uruguay. Ahora te invito a que leas y comentes algunos de esos trabajos
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Narrativa Poesía
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El edificio [June 21, 2008]
Esta vez sí... [March 17, 2008]
El espejo [February 16, 2008]
Reencuentro [January 19, 2008]
Un mensaje de esperanza [December 22, 2007]
Cuando dejan de gritar... [November 15, 2007]
Tres mujeres [October 1, 2007]
SE VENDE [March 9, 2007]
Tú [January 29, 2007]
Del exilio [January 29, 2007]
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Una nublada mañana de abril, en uno de los tantos edificios que existen en Pocitos, se estaba realizando una mudanza. Vecina nueva comentó María, la limpiadora del edificio, respondiendo a la curiosidad de algunos vecinos que protestaban por el ascensor ocupado; parece que es una señora sola... una viuda. Era cierto, Marisa había enviudado unos meses atrás, y cansada de soportar los reclamos que hacían sus hijastros por la herencia de su marido; decidió dejar todo en manos de un abogado y “esconderse” en un edificio de sesenta apartamentos en el centro de Pocitos. Allí sintió como si se hubiera mudado a otro país, porque nadie la conocía y ella no sabía ni siquiera el nombre de las calles. Si bien el motivo inicial de ese cambio fue alejarse de las personas que inquietaban su existencia, con el paso del tiempo se dio cuenta de que no sólo se estaba escondiendo de ellos, sino también del mundo. Así que luego de reflexionarlo largamente consigo misma decidió que debía cambiar de actitud, y poco a poco fue rompiendo esa caparazón de persona antipática e impenetrable que se había fabricado para mantenerse en el anonimato. Comenzó a ocuparse del mundo que la rodeaba, ese mundo de cincuenta y nueve familias de las que ni siquiera conocía sus nombres. De la primera que se ocupó fue de la señora que vivía en el apartamento que estaba encima del suyo. Luego de un año de vivir con ella caminando sobre su cabeza, y que a juzgar por los crujidos de la cama tenía la sensación de que estaba encima de la suya; no tenía idea de qué rostro o qué edad tenía, ni las circunstancias que la rodeaban. Lo primero que supo, a través de María, era que se llamaba doña Berta; el doña daba para suponer que se trataba de una señora mayor, pero no quiso preguntar más. Ahora que sabía el nombre de la vecina, su curiosidad iba en aumento: deseaba saber si la imagen que se había ido formando a través de los sonidos correspondía a la realidad. Por su forma de caminar y por el ruido de sus pasos se la imaginaba de suecos o zapatos ortopédicos; por el volumen del televisor, daba para suponer que era sorda; por todas las veces que sonaba el teléfono, debía tratarse de una profesional o empresaria y por el afán con que pasaba la aspiradora todos los fines de semana se la imaginaba muy pulcra. Pasaron los días sin que tuviera más datos de doña Berta, hasta que una tarde en que Marisa estaba subiendo al ascensor, apareció una señora, a la que no recordaba haber visto nunca, corriendo y gritándole para que la esperara. Apenas subió, y luego de dar las gracias, entabló una conversación en la que dijo saber que era la vecina del 702. Marisa quedó sorprendida, pero era lógico, que ella no se hubiera interesado por las personas que la rodeaban no significaba que sus vecinos no lo hicieran. Además, nunca había imaginado conocer a doña Berta tan pronto y de esa manera, pero allí estaba con su figura regordeta, un metro cincuenta de estatura, cabellos cortos color vino y labios rojo bermellón; de su mano izquierda pendía un enorme portafolios de cuero negro. Resultó ser una persona simpática, muy prolija y también... bastante sorda. Al bajar y darse vuelta para cerrar el ascensor, Marisa recordó que le faltaba un detalle: ver qué zapatos llevaba, pero al mirarla comprobó que sólo se trataba de unos bajos de vestir. Con el tiempo fue descubriendo que los gemelos que siempre jugaban en la vereda del edificio eran de la torre del fondo, que un señor muy mayor y que siempre le daba los buenos días era un ex-coronel, que un vikingo enorme de cabellos y barba rojiza era su vecino de enfrente y que la dueña de un Jeep todo embarrado que a veces estaba en frente al edificio era una ingeniera agrónoma que vivía en el apartamento de al lado. Poco a poco, y al ir sabiendo quien era cada una de aquellas personas, Marisa fue sintiéndose parte de ese gigante que palpitaba con el latido de cientos de corazones, que vibraba con decenas de carcajadas y que se estremecía con las riñas familiares o el llanto de los niños; tal vez eso fue lo que la llevó a perder ese miedo a enfrentar los problemas que la había llevado a alejarse del mundo y volvió a sentirse parte de un todo. Los domingos alrededor de las diez de la mañana, cuando bajaba para ir hasta la rambla, no podía evitar sonreír al ver en el banco de la vereda del edificio la figura regordeta de doña Berta; que con sus pies que no llegaban al piso, inexplicablemente le recordaba a Penélope (de la canción de Serrat), sólo que ella en vez del vestido de domingo llevaba un pantalón y camisa, su cartera era blanca en vez de marrón y usaba sandalias en lugar de los zapatitos de tacón; además no esperaba a su enamorado, sino a su hijo que la llevaría a almorzar con la familia.
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La mujer ya ni pensaba. Cuando creía oír el retumbar de cascos sobre el pedregoso camino, se lanzaba a la puerta con el rostro crispado y la mirada expectante. Al ver que otra vez la imaginación, quizá empujada por la ansiedad, le había jugado una mala pasada, se quedaba allí, recostada al umbral de aquella choza casi derruida, cual si se tratara de una piedra más. Luego, regresaba a la habitación y continuaba esperando. De nuevo un rumor, pero esta vez, también se oía lejano el estallido de un látigo. Ella corrió a la puerta y esperó un rato; esperó más y más... pero nada. Tal vez era el viento gimiendo entre los eucaliptos, o el río que serpenteaba loma abajo. Se acercaba la noche, y un profundo dolor invadía su alma de tan solo pensar que el día terminaba... una noche más, y ella estaría sola en esa choza. De pronto, oyó pisadas; esta vez sí eran los cascos de un caballo. Corrió a la puerta, esperó a que subiera la loma, hasta que por fin descubrió un negro sombrero, debajo de él iba surgiendo un rostro que sólo era una mancha oscura entre las sombras del sol poniente. Sintió el cuello tenso, los ojos húmedos, le faltaba el aire... venían a rescatarla... Vio al hombre apearse del caballo. Del otro lado del monte, un enorme disco rojo de luna llena se asomaba entre los árboles, y un rocío fresco comenzaba a caer. Ella corrió hacia el jinete con los brazos abiertos y una tímida sonrisa asomando a sus labios; escuchó el aullido de un lobo que la hizo estremecerse, pero continuó corriendo, mientras que repetía sin cesar: esta vez sí... esta vez sí... esta vez tiene que ser verdad. Y continuó corriendo. La luna alumbró a través de los árboles a una mujer que, como otras tantas veces, corría sobre la hierba húmeda, mientras un lobo aullaba, el viento gemía entre los eucaliptos y el río serpenteaba loma abajo... Corría con los brazos abiertos y una sonrisa en los labios, hasta perderse nuevamente... en la inmensidad de la noche...
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Valentina se veía nerviosa e ilusionada mientras arreglaba sus cabellos y le daba un toque de color a los labios. Llegó a la parada del ómnibus con tan mala suerte que acababa de pasar. Los veinte minutos que debió esperar hasta el siguiente, se le hicieron interminables. Al abordarlo, lo hizo ansiosa de llegar a su destino. Descendió del ómnibus y caminó presurosa las tres cuadras que debía recorrer para llegar hasta el vetusto edificio de ladrillos y cemento que guardaba todos sus sueños, todas sus ilusiones. Al entrar, la recibió la joven que oficiaba de guía y que la llevaría una vez más, junto a una decena de visitantes, a recorrer los pasillos y recovecos de aquel sombrío y misterioso castillo. La muchacha no ocultó su curiosidad al ver llegar a Valentina, que en los últimos meses visitaba el lugar casi todas las semanas. Ésta se excusó diciendo que aún le faltaban algunos datos para completar la investigación que estaba haciendo con el propósito de escribir un libro. A los pocos minutos Valentina comenzó la recorrida junto a un grupo de unas diez personas, en apariencia casi todos turistas, mientras un gran nerviosismo se apoderaba de ella al pensar en quien la estaba esperando. Iniciada la recorrida, al dar vuelta la primera esquina de un largo pasillo que conduce a varias habitaciones, ella se separó del grupo sin que nadie lo notara. Recorrió rápidamente un pasillo, que no se encontraba abierto al público, y penetró en una habitación de techos altos. Las paredes estaban en su totalidad cubiertas de fina madera lustrada; su techo, construido también en madera, tenía varios niveles que conformaban un juego de tirantes, molduras y sombras que lo hacían al mismo tiempo hermoso e incomprensible. En el centro de una de las paredes una gran estufa revestida en maderas trabajadas por exquisitos artesanos y enfrente a esta, también en el centro de la pared, un enorme espejo con el marco recubierto de rosas de color dorado. Valentina se paró frente a él y, sin hacerse esperar, surgió del frío cristal la figura de un elegante caballero; el mismo, que jueves a jueves la esperaba desde hacía ya varios meses. Él era el propietario de ese castillo que, una vez hace muchos años, había mandado construir aplicando a la arquitectura los conocimientos sobre esoterismo y alquimia que había adquirido en Europa. Escaleras que no conducen a ninguna parte, puertas y ventanas detrás de las cuales sólo hay un muro; estatuas de águilas, soldados y vírgenes se mezclan en una confusión de simbolismos que sólo alguien muy avezado en la materia es capaz de interpretar. Por eso es que él ha elegido a Valentina para contarle todos los secretos que encierra ese edificio. Estos forman parte de un pasado que transcurrió hace casi cien años, pero el caballero del espejo ha decidido que esa joven los transmita al mundo a través de un libro que ella está escribiendo. Así es como Valentina pasa las casi dos horas de la visita conversando con ese ser que la hace sentirse como en una nube, mientras la transporta a mundos fantásticos a través de historias increíbles de intrigas y hechicerías. En ellos le ha ido revelando los secretos de la alquimia, los templarios, la masonería, misterios que hasta ahora habían permanecido atesorados en ese sombrío castillo. Lo que él tal vez ignora, es que la joven ya no viene para oír sus historias, porque hace tiempo que acabó el manuscrito del libro. Ella sueña durante la semana con el nuevo reencuentro de cada jueves, como si se tratara de una adolescente que va a encontrarse con su enamorado. El caballero del espejo se ha convertido en su amor secreto, su amor escondido: limitado a vivir en las sombras del misterioso castillo... ¿Cómo podría decirle al mundo que el amor de su vida nació hace más de cien años y, menos aún, que él habita dentro de un espejo?
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Ella permitió que él le recorriera el cuerpo con sus labios; Él necesitaba apagar la sed de tanto deseo contenido. Ella se mantuvo quieta, silenciosa, no quería romper el encanto de ese instante que había estado esperando por demasiado tiempo. Porque ese no era un hombre más, ese era el hombre, el amante, el amor de su vida, alguien capaz de despertar en ella los sentidos más ocultos, esos que ni sospechaba que existían En cada beso él depositó todos sus recuerdos, todas sus angustias; y el perfume a jazmines que emanaba de aquel cuerpo húmedo, surtió el efecto de exorcizar fantasmas que lo atormentaban desde hacía tantos años. Sentirla tibia, sumisa, ondulante, en movimientos suaves de un mar sereno que apenas se agitaba ante la búsqueda inquieta de la pasión que despertaba lenta, contenida, era como un bálsamo para sus heridas. Pero ese mar sereno se fue embraveciendo, y aquellas suaves olas se volvieron violentas, los ganó la urgencia del deseo y se perdieron juntos en océanos de lava ardiente. Luego vino un remanso, y allí se acomodaron, uno junto al otro sobre las sábanas húmedas, sus manos unidas transmitiendo energía, los ojos entrecerrados negándose a despertar de un sueño increíble, y sus mentes viajando por senderos distintos, aunque, en algún punto se habrían de cruzar. Ella tenía miedo de que todo acabara, le temía al futuro porque hacía muchos años que pensaba en presente no sabía hacer planes para sus sentimientos y sólo tenía sueños... porque era lo único que no le habían quitado. Había perdido la juventud, su familia, una vida, lo único que la impulsaba a seguir adelante era soñar que un día volvería a estar junto a ese hombre amándolo, y viviendo en esa complicidad que sólo pueden tener dos seres que han nacido el uno para el otro. Él se sintió libre, después de mucho tiempo. Recordó calabozos, su hedor, los fantasmas, las horas de tortura y agitó la cabeza para ahuyentar recuerdos, no quería empañar todo lo que sentía, esa mujer era lo que él había soñado, sólo pensando en ella sobrevivió a todo, y cuando los castigos se hacían insoportables, imaginó mil formas de cómo iba a amarla el día que estuviera lejos de los cuarteles. Con la suave brisa se alzó la cortina, y un rayo de luna se metió indiscreto, se posó en las sábanas y los descubrió abrazados: Ella acurrucada al lado del hombre Él acariciándola con ternura indecible. Ellos se abrazaban, se arrullaban, se amaban, se volvían a abrazar y otra vez a amar, lo hacían por siempre, por una eternidad
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Mientras observamos como este año ya termina para dar paso a otro que se anuncia con la promesa de muchas nuevas horas, días, meses... nuestra esperanza resucita. Porque la esperanza es como un gigante que no muere nunca, no se rinde, insiste aunque en el fondo tenga sobrados motivos para no revivir. Estas fiestas tradicionales, como se acostumbra decir, son fechas en las que muchas personas, creyentes o no, encontramos un motivo para reencontrarnos con aquellos parientes o amigos que hemos dejado en el olvido, y para recordar a los que ya no están acompañándonos. Unamos nuestra esperanza y nuestro deseo para que cada uno de nosotros pueda encontrar el camino que nos lleve a continuar creciendo, ser mejores personas y así lograr cosechar los frutos de un mundo mejor
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¿Quién presta atención a los gritos de dolor de los niños cuando están siendo castigados? Es lamentable, pero siempre tratamos de justificar al golpeador diciendo: Se habrá portado mal. ¿Quién sabe lo que hizo? Y así, con el uruguayísimo slogan de «no te metás» seguimos permitiendo que los niños sufran abusos, y digo niños como podría decir seres indefensos, porque también hay mucha gente con capacidades diferentes, que tal vez no tengan cuerpos de niños pero sientan y sufran igual que ellos. Y no olvidar a los ancianos, en los que la lucidez ya no es muy frecuente, que también por ese motivo son maltratados, descuidados y robados por sus parientes “lúcidos”. Todos ellos, con el paso del tiempo, y ante los reiterados castigos, dejan de gritar... porque se acostumbran a que sus lamentos no sean escuchados.
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El tren avanza con lentitud por campos y sembrados al tiempo que deja una estela de humo negro y ceniza sobre el rojo cielo del amanecer. Su sonido, que espanta a los pájaros también es una señal de alegría para algún gaucho que al verlo, agita su mano saludando a esos desconocidos viajeros quienes, ensimismados en el traquetear monótono de la máquina, muy pocas veces responden al saludo del hombre. En el vagón de tercera clase viajan unos peones de campo y también tres mujeres. Lo que más llama la atención, al verlas, es que a pesar de vestir un luto riguroso y modesto a la vez, éste no logra opacar la belleza de cada una de ellas. La mayor, de unos treinta y cinco años, lleva el cabello recogido, y en su tez bronceada se adivina una mezcla de rasgos indígenas y europeos; sus ojos son de un tono verdoso con reflejos dorados y sus labios muy finos se marcan en un rictus adusto. En el asiento de al lado, una valija de cartón marrón nueva y brillante, que perteneció a su marido, y encima de ésta una cartera de cuero negro con los bordes algo descascarados. Frente a ella van sentadas dos jóvenes de quince y dieciocho años, una morena y muy parecida a la mujer mayor, la otra rubia; las dos tienen el cabello corto y ondulado. Las jóvenes cuchichean entre ellas y sonríen a hurtadillas evitando que su madre, ensimismada en el paisaje, las escuche. Es la segunda vez que realizan el viaje de Paysandú a Montevideo. La primera fue cuando acompañaron a su padre enfermo, que poco tiempo más tarde murió; ahora lo hacen con todas sus pertenencias para radicarse en la Capital. La belleza de las jóvenes no pasa desapercibida ante los ojos de los peones que viajan en el mismo vagón; y ellas, poco acostumbradas a ese tipo de situación, sonríen presas del nerviosismo que les provocan las miradas masculinas. –Compórtate Paula, y vos también Tonia. –dice la madre, al tiempo que clava su mirada dura en las muchachas, cuyos rostros se ensombrecen con una mezcla de vergüenza y miedo. Inmediatamente, la mujer vuelve a reclinar la cabeza contra la ventanilla para mantener la vista fija en el paisaje, mientras su rostro se mantiene imperturbable. Hace seis meses que ella enviudó. Cuando todo en la vida parecía estar yendo bien, su marido enfermó gravemente y fue trasladado a la Capital para ser mejor atendido, pero al poco tiempo murió dejándola sola con dos hijas para terminar de criar. Su destino parecía estar signado por la tristeza y la miseria: desde que era muy pequeña solo recordaba haber pasado frío y hambre. Ella era hija natural de un rico hacendado paraguayo para el que su madre trabajó como criada. Cuando él se enteró de que la muchacha esperaba un hijo de suyo, la envió de regreso con su familia, desentendiéndose de ambas. Años después, su madre, hija de emigrantes españoles, se casó con un peón de estancia, con el que tuvo dos hijas más. Al desatarse la guerra de mil novecientos cuatro, entre blancos y colorados, su padrastro se fue a luchar junto al ejército del Gobierno que se encontraba atrincherado en las afueras de la ciudad de Paysandú. Muchas veces, por ser ella la hija mayor, su madre la enviaba a llevarle comida y ropa. Esto hacía que se sintiera grande, a pesar de sus siete años, al tener que cruzar los campos para llegar hasta donde estaban acampando los soldados. Pero no le importaba el frío, ni tener que hundir sus pies descalzos en el fango dejado por las lluvias; lo importante era que al regresar a casa la estaría esperando su recompensa: un tazón de avena con leche, y pan con manteca y azúcar. Los quince años los cumplió en la cama, enferma de poliomielitis de la que nunca supo cómo, luego de tres meses, se recuperó. Trabajaba ayudando a su madre como lavandera, y así fue que conoció a quien más tarde sería su esposo. Él era un oficial de la policía y pertenecía a una familia adinerada que nunca aceptó el matrimonio de su hijo con esa muchacha que todo lo que tenía de hermosa también lo tenía de pobre e ignorante. Con el tiempo, ella aprendió a leer y a escribir junto a sus hijas, y trató de ponerse a la altura del cargo de su marido que para ese entonces ya era comisario de campaña. Por primera vez sentía que la vida le estaba dando algo sin cobrárselo. Pero ese sentimiento le duró muy poco al quedar viuda y sola con sus dos hijas. Si algo le había enseñado la vida: era a ser pobre pero orgullosa. Por eso, cuando al enviudar recurrió a la familia de su marido solicitando ayuda para las muchachas, y ésta se la negó, ella le escribió a una prima que vivía en la Capital, y sin pensarlo dos veces, recogieron todas sus pertenencias encontrándose ahora en ese tren que las llevaría hacia una nueva vida. Una nueva vida que para ella no podía ser peor de lo que ya había sido, y para las muchachas significaba toda la aventura que encierra lo desconocido. El tren se detuvo a abastecerse de agua, y las chicas aprovecharon para ir hasta el baño a refrescarse, bajo la mirada atenta de su progenitora y también la de los peones que no las perdían de vista. Al regresar, su madre había sacado de la valija unos trozos de pan y unos huevos duros, que les entregó a cada una. Luego Paula, la mayor, regresó al baño con un vaso que trajo lleno de agua y que le dio a su madre. Comieron en silencio, al terminar se sacudieron las migas que habían caído sobre sus ropas y se dispusieron a continuar el viaje. Luego de unos minutos, y tras lanzar un fuerte pitazo, el tren se puso en marcha nuevamente. La mujer retomó su posición reclinada contra la ventanilla, y a medida que la máquina avanzaba, el nerviosismo se iba apoderando de ella. Aún seguía rebelándose contra el destino y culpando a su marido por haberse marchado de este mundo, dejándola sola y sin saber cómo continuar con su vida. Oscuros recuerdos la invadían, mientras el espíritu se le cubría de dudas a medida que el tren continuaba hacia lo que ella sabía era su destino final. Las jóvenes dormitaban una apoyada en la otra. Luego de instaladas en la Capital, las tres comenzaron a trabajar: Paula como costurera, oficio que había aprendido al terminar la escuela, Tonia como vendedora de una tienda del barrio, y la madre volvió a lavar ropa para la gente rica, oficio que había dejado al casarse y que ahora, tener que retomarlo le producía una gran amargura. Este sentimiento fue creciendo en ella con el paso del tiempo transformándola en una mujer cada vez más retraída, desconfiada y celosa de sus hijas. Por eso, en las tardes de verano, cuando los jóvenes del barrio suelen ir a la playa; al pasar frente a la casita de la calle Magenta pueden observar a tres mujeres, que a pesar de vestir un luto riguroso y modesto a la vez, éste no logra opacar sus bellezas. La mayor, de unos treinta y cinco años y con el cabello recogido, reclinada en una mecedora tomando el fresco; frente a ella, dos jóvenes de cabellos cortos y ondulados: la morena cosiendo un vestido para una clienta y su hermana, de cabellos rubios y tez muy blanca, ayudándola a pegar botones... ¿Quién podría imaginar al verlas, que en la vida de esas mujeres alguna vez existieron fiestas de cumpleaños, parques de diversiones y tardes de verano junto al río? Mirarlas, da la impresión de estar observando una antigua pintura de lúgubres colores, en la que bajo sus opacas tonalidades se puede descubrir a tres hermosas mujeres. Son tres mujeres de miradas tristes, a las que el paso de los días les ha ido apagando las pasiones, los dolores y hasta las palabras. Al observarlas tan solo dejan la sensación de que han quedado suspendidas en el tiempo.
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«José Manuel Moreira, a sus órdenes» Con esas palabras el propietario de la finca les daba la bienvenida a los posibles compradores. La casa, era de aspecto confortable, aunque algo reducida en sus dimensiones. Por ese motivo la lista de clientes se restringía a parejas sin hijos o personas solas. Así fue que vi desfilar todo tipo de coches con ocupantes de las más variadas procedencias. Estaban los jóvenes con aspecto de surfistas, también aquellos que venían a curiosear, y no podían faltar las parejitas de novios que estaban buscando su nido de amor. Éstas últimas eran las más interesantes. Una tarde de domingo, llegó una pareja veinteañera. Él tenía aspecto de obrero, más adelante verán por qué lo digo; ella parecía una cajera de supermercado, es más, creo que la pollera roja que tenía era la del uniforme ¿qué jovencita sale un domingo de tarde con pollera y zapatos de vestir? Don Moreira, luego del saludo habitual, entró delante para ir abriendo las ventanas y mostrar lo luminosa que era la casa; pero éstas parecían querer boicotearlo, cuando al primer intento se resistían, y luego al verse obligadas a ceder ante los puñetazos del propietario, se abrían como desperezándose de una larga siesta. Entonces, la luz inundaba las habitaciones obrando el milagro de pintar las paredes de alegría. La propietaria, que siempre acompañaba silenciosamente a su marido, no podía evitar que se le escapara un suspiro cada vez que don Moreira abría la última ventana.Instintivamente, comenzaba a quitar el polvo con un pañito que siempre estaba sobre la mesada; limpiaba los bordes de las ventanas y trapeaba las puertas de los roperos, pero daba la impresión de que más que el polvo, intentaba sacudir los fantasmas que estaban allí guardados. Los visitantes recorrían las habitaciones, intercambiaban miradas y dejaban escapar algún comentario en voz baja. –¿Serían ustedes solos? –Preguntó de pronto don Moreira. –No. Tenemos dos chicos –respondió la joven. –¡Ah! Entonces esta casa les va resultar pequeña –exclamó con alegría la propietaria. –No, –dijo el muchacho– en el patio hay espacio suficiente para agregar una habitación, y en eso no hay problema porque yo soy albañil. –Qué bien, qué bien –comentó don Moreira, al tiempo que miraba molesto a su mujer. Ella daba la impresión de que, de pronto, se le había apagado la chispa, que un momento antes encendiera sus ojos. Doña Guadalupe, que así se llamaba la propietaria, tenía el secreto sueño de volver a vivir en esa casa, pero su marido se negaba diciendo que estaban muy bien en la que vivían. Era cierto, pero para qué querían tres dormitorios si sus hijos ya se habían casado, y para qué tantos pisos que encerar, si vivían ellos dos solos. Pero don Moreira no entendía de esas cosas y había puesto la casa en venta contra la voluntad de su mujer. Antes, cuando había inquilinos, era distinto, pero la propietaria sabía que al venderla, junto con la casa se irían sus sueños de regresar al que una vez había sido su primer hogar; ese que, hace muchos años, construyeran entre los dos con gran esfuerzo, ladrillo sobre ladrillo. Mientras doña Guadalupe reflexionaba, su marido ya casi había cerrado el trato con la joven pareja. Ellos se mostraban muy entusiasmados ante la posibilidad de mudarse a esa casa que quedaba a sólo dos cuadras de los padres de la joven. –La madre de ella es la que nos cuida los chicos mientras trabajamos –decía el muchacho. –Entonces está todo arreglado –insistía don Moreira. Los jóvenes recorrían la casa, al tiempo que planeaban con alegría los posibles cambios a realizar. Don Moreira, nervioso, se acercó a su mujer y le habló algo casi al oído; supongo que le habrá dicho que no hiciera más comentarios que pudieran correr a los posibles compradores. Luego de un rato, las parejas se despidieron no sin antes haberse puesto de acuerdo sobre los temas legales de la compra-venta.
En las siguientes semanas, una gran actividad se apoderó del lugar. Obreros que entraban y salían a toda hora, paredes que poco a poco iban creciendo, hasta que un domingo se juntaron todos: era el día fijado para construir el techo (la planchada, creo que le dicen) al terminar, hicieron un gran asado para celebrar. El aroma a carne asada que llegaba hasta mi ventana, me trajo recuerdos de cuando yo tenía una familia y casi todos los domingos mi esposo hacía un asado para compartir con hijos, hermanos, cuñados y sobrinos. Pero eso fue hace mu... chos años. Ahora la churrasquera es el invernadero en el que algunas macetas, con coloridas plantas, se protegen de las heladas y del sol muy fuerte. La casa, que en otros tiempos se inundaba de risas, charlas y discusiones políticas, con el paso de los años se fue cubriendo de silencio. Hoy ya los jóvenes tienen sus vidas propias y siempre están muy atareados; y los mayores... muchos de ellos ya partieron y otros no salen de sus casas porque han quedado prisioneros de sus dolencias. Entonces, yo me he ido acostumbrando a vivir vidas ajenas: disfruto de sus alegrías y difícilmente me entero de sus tristezas. Mi gran compañero es el silencio al que mucha gente le teme, pero yo no. Algunos hablan como máquinas: de dinero, de amor, de política, de nada; pero sólo lo hacen porque sienten miedo de quedarse callados. Yo, en cambio, he aprendido a convivir con él, a gozarlo, y sólo me permito interrumpirlo un rato, en las tardecitas, que es cuando acostumbro escuchar a Tchaikovsky.
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Al pasar a mi lado me miraste, yo me volví y repetí tu nombre una vez, dos veces... Tú giraste sobre tus talones, soltaste algo que sostenían tus manos y corriste hacia mí para abrazarme. Yo pregunté si aún me recordabas, y como respuesta tú me sonreíste. Y nos abrazamos... Se sentía tan tibio tu cuerpo junto al mío, recliné mi cabeza encima de tu hombro y me quedé así, disfrutando... acariciando tu suave camisa y adivinando la piel que ella me ocultaba, y me quedé así, sintiendo tu cuerpo junto al mío sin querer soltarte nunca más. Pero la luz entró por mi ventana y la desesperación inundó mi cuerpo, era el nuevo día que llegaba para llevarse con él todos mis sueños.
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Tu regresas diciendo que me amas y penetras en mis sábanas de angustia, pero habrá que revivir tiempos pasados porque no sé hasta donde te recuerdo. Tal vez mi cuerpo no te reconozca después de vivir con tanta ausencia, ya no sé si tus manos son aquellas que supieron encender todos mis fuegos. Sólo sé que han pasado ocho años y ahora hay que empezar todo de nuevo.
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